Entre cretinos y dementes digitales

Reflexión de Carlos Linhares (*), psicólogo con maestría y doctorado en Ciencias Sociales y Salud por la Universidad Federal de Bahía (UFBA), Brasil; profesor invitado en el Instituto Superior Multiversidad Popular (Posadas y Jardín América, Misiones); profesor de posgrado en diversas universidades de Salvador, Bahía, y colaborador con artículos y ensayos sobre salud mental en el mundo contemporáneo.

El personaje Theo, de la telenovela Travessia, de TV Globo, encarna a un adolescente aficionado a los videojuegos, que lleva una vida sedentaria con los ojos pegados a la pantalla del monitor. Vemos cómo los efectos insalubres de esta dependencia tecnológica se multiplican: el personaje no se alimenta, no se baña, falta a clases, duerme poco, se vuelve hostil y escapa de toda convivencia social, causando extrañeza y malestar entre sus familiares.

El personaje aparentemente utiliza la tecnología solo de forma recreativa, pero poco a poco se transforma de gamer competitivo en un zombi agresivo, con los ojos hipnotizados por la luz de la pantalla, mostrando síntomas de compulsión y dependencia de estímulos tecnológicos. Cuando se le priva del acceso a los juegos o a la contraseña de internet, explota de manera violenta, llegando incluso a agredir físicamente a sus padres.

El drama del personaje en la ficción representa la tragedia de miles de jóvenes en la vida real, cada vez más dependientes de la tecnología en tiempos de revolución digital. El estado físico y mental de niños y adolescentes inquieta y preocupa a una legión de profesionales, en especial educadores y especialistas en salud.

Neurocientíficos, psiquiatras y neuropsicólogos han sido prolíficos en investigaciones y publicaciones sobre el tema. En contradicción con lo que suelen pregonar los medios y la industria tecnológica, concluyen que el uso compulsivo de las pantallas perjudica gravemente el desarrollo de niños y adolescentes, causando daños a la salud del cuerpo y al desarrollo intelectual.

El neurocientífico Michel Desmurget, director de investigación del Instituto Nacional de Salud de Francia, recopiló cientos de estudios científicos sobre la dependencia digital y comprobó lo que ya sospechaba: casi todos los investigadores defienden la reducción drástica del uso de las tecnologías, aunque reconozcan explícitamente su potencial y valor en la educación.

Su polémico best-seller La fábrica de cretinos digitales: los peligros de las pantallas para nuestros niños plantea cuestiones relevantes. ¿Cómo se explica el declive de las habilidades cognitivas entre niños y adolescentes? ¿Cómo y por qué ocurre la alarmante disminución del coeficiente intelectual entre jóvenes, convirtiéndolos en la primera generación con un CI inferior al de sus padres?

El investigador enfrenta estas preguntas mostrando la carga horaria abusiva de exposición a smartphones, computadoras, tablets, etc. Cronometró el tiempo que los niños y jóvenes en Francia dedican a sus dispositivos: los de 2 a 8 años pasan en promedio cinco horas al día frente a las pantallas, y los de 8 a 16 años gastan unas siete horas diarias. ¿Qué puede surgir de este cuadro?.

La exposición prolongada, además de hacer retroceder el CI, perjudica la maduración de zonas neurológicas específicas. Algunos lóbulos cerebrales sufren una sobreestimulación e hipertrofia, mientras otros quedan subestimulados y se atrofian.

Llama la atención un estudio basado en artículos de Google Scholar, centrado en la disminución del tamaño del cerebelo en individuos con dependencia digital. La causa sería la baja estimulación. Esta reducción resulta en perjuicios futuros en términos de socialización, creatividad, imaginación, innovación, pensamiento lógico, habilidades cognitivas y procesos emocionales.

Lo que está en juego es el “abandono” de áreas neurológicas que darán soporte al funcionamiento de futuras competencias, capacidades imprescindibles para actuar en un mundo en transformación.
Otro concepto, tan instigador como controvertido, es el de demencia digital, acuñado por el neurocientífico alemán Manfred Spitzer, profesor de la Universidad de Ulm, en Alemania, y de Harvard, en EE.UU., autor de Demencia digital: el peligro de las nuevas tecnologías (2018), aún no publicado en Brasil, pero disponible en castellano.

En resumen: los cerebros de niños, adolescentes o adultos, cuando se exponen al uso exagerado de tecnologías, sufren efectos similares a los cerebros de individuos ancianos con demencia senil, presentando una reducción progresiva de las habilidades cognitivas, en especial la memoria y el discernimiento.

La demencia digital es una manifestación del envejecimiento precoz provocado por la dependencia tecnológica, afirma Spitzer.

Videos con conferencias y entrevistas del Dr. Spitzer están disponibles en YouTube, en alemán e inglés. En sus presentaciones, ante audiencias internacionales, expone sus argumentos mientras proyecta diapositivas con “neuroimágenes”, mostrando el contraste entre zonas abandonadas y zonas sobreestimuladas.

Es otro científico que relaciona la dependencia tecnológica con la caída estruendosa del rendimiento cognitivo, de la capacidad de memorizar y prestar atención, así como de la calidad del pensamiento lógico.

Imagino al filósofo Aristóteles, padre de la ciencia, ante estas neuroimágenes, preguntándose dónde quedó el zoon politikon, el animal político y racional de su clásica definición. ¿Dónde quedó el ciudadano con sentido colectivo y capacidad crítica, mentor de la polis y leal a la democracia?.

El viejo sabio griego quedaría aturdido al verlo tambaleándose —entre cretino y demente— en bailes de TikTok. Lo escucho indagando: “¿Cómo va a ser capaz un sujeto así de defender y sostener en el futuro la democracia y su comunidad?”.

(*) Linhares es parte actualmente de los disertantes en la diplomatura superior «Pensamiento Crítico y Educación: Freire y Dussel en el Contexto Latinoamericano». La propuesta académica es ofrecida de manera conjunta por el Instituto Superior Multiversidad Popular y la Asociación de Filosofía y Liberación (AFyL), en Posadas y Jardín América.