Por Juan Carlos Furlán, productor agroecológico e investigador.
En medio del declive energético global, cuando la civilización industrial empieza a mostrar grietas cada vez más visibles, Misiones se vuelve uno de los territorios más importantes de la Argentina. Y quizás del continente. No porque tenga grandes centros financieros, ni gigantes tecnológicos, ni complejos industriales monumentales. No. La cosa va por otro lado: todavía conserva algo infinitamente más valioso. Biodiversidad. Cultura campesina. Minifundio. Capacidad concreta de producir vida.
En un planeta que se enfrenta al encarecimiento de la energía, a la fragilidad de las cadenas logísticas y al agotamiento del modelo extractivista, la existencia misma de miles de chacras diversificadas adquiere un valor estratégico enorme. Pero hay una tragedia: gran parte de la sociedad todavía no logra entenderlo. Porque durante décadas nos entrenaron culturalmente para admirar exactamente lo contrario: consumo ilimitado, gigantismo económico, dependencia absoluta de los mercados globales.
Acá está la contradicción de fondo que atraviesa a Misiones. Las dificultades que enfrenta la provincia para consolidar soberanía alimentaria no son consecuencia del modelo minifundista. Al revés: el minifundio resistió durante décadas en condiciones jodidas. El verdadero problema fue obligar a ese modelo a convivir dentro de un sistema económico y cultural diseñado para destruirlo lentamente. Generación tras generación, el aparato cultural del capitalismo petrodependiente instaló la idea de que el éxito humano era consumir más y más, crecer sin freno, mecanizarlo todo, abandonar el vínculo con la tierra. Mientras tanto, las familias campesinas misioneras intentaban sostener otra lógica: producir alimentos, conservar biodiversidad, cuidar el suelo, mantener escala humana.
La contradicción era brutal. Se les exigía competir contra un modelo industrial subsidiado por petróleo barato, fertilizantes fósiles, infraestructura global y propaganda cultural permanente. Aun así resistieron. Aun así sobrevivieron. Aunque parezca mentira, mantuvieron viva una reserva biológica, cultural y productiva que hoy, frente al declive energético, adquiere una importancia gigantesca.
El problema es este: el imaginario consumista sigue vivo incluso cuando las bases materiales que lo sostenían se empiezan a derrumbar. El declive energético va limando la fantasía del crecimiento infinito, pero la aspiración sigue ahí, incrustada en la cabeza de muchos. Y eso es peligroso para Misiones. Mucha gente mira las dificultades del mundo campesino y saca una conclusión equivocada: que esas dificultades prueban el fracaso del minifundio y de la soberanía alimentaria. Cuando en realidad lo que fracasó es el sistema global que durante décadas les puso palos en la rueda para impedir que pudieran desarrollarse.
Hay algo profundamente cruel en esa operación cultural. El mismo modelo que saboteó la agricultura diversificada, inundó los mercados con productos industriales baratos sostenidos artificialmente por energía fósil, concentró tierras, destruyó montes y promovió el consumismo extremo, hoy aparece diciendo: “¿Ven? Eso no funciona”. Es el agresor señalando las heridas que él mismo provocó como prueba de inferioridad de su víctima.
La ofensiva neoliberal de Milei y La Libertad Avanza profundiza todavía más esa lógica. Porque no vienen a resolver las contradicciones del modelo petrodependiente. Vienen a radicalizarlas. La propuesta es clara: entregar los territorios a la lógica extractivista, avanzar sobre el yerbal, sobre la agricultura familiar y sobre la biodiversidad para reemplazarlos por sistemas agrícolas cada vez más dependientes de insumos externos, semillas patentadas, combustibles fósiles y cadenas globales vulnerables. Nos quieren convencer de que destruir diversidad es modernización. Nos quieren hacer creer que abandonar la soberanía alimentaria es entrar al futuro. Pero el verdadero atraso histórico está en seguir apostando a un modelo civilizatorio que depende de recursos en agotamiento y destruye las bases ecológicas de la vida para sostener tasas artificiales de crecimiento.
La biodiversidad que todavía sobrevive en Misiones no es paisaje bonito. Es una reserva estratégica. Punto. Cada monte conservado, cada chacra diversificada, cada familia campesina representan una forma concreta de resiliencia frente al colapso de la civilización fósil. En un mundo donde la energía barata empieza a desaparecer, los territorios capaces de sostener producción local de alimentos, fertilidad natural del suelo, agua limpia y vínculos comunitarios van a valer infinitamente más que cualquier enclave extractivo orientado solo a exportar commodities. Misiones tiene esas condiciones. Y por eso resulta tan incómoda para el poder económico global. Porque demuestra que todavía existe otra posibilidad histórica. Demuestra que la abundancia puede surgir de la biodiversidad, no de su destrucción. Demuestra que la verdadera riqueza nace de la capacidad de regenerar vida, no de agotarla.
Hoy, 25 de mayo, esta reflexión se vuelve todavía más profunda. La verdadera independencia no puede reducirse a símbolos patrióticos vacíos mientras un pueblo depende completamente de corporaciones externas para alimentarse, producir energía o sostener su economía. La emancipación real es alimentaria, energética, ecológica y cultural. Y quizás por eso Misiones tenga hoy una importancia histórica tan grande. Porque mientras el viejo mundo industrial empieza lentamente a agotarse, acá todavía sobreviven semillas de otro futuro posible. Un futuro menos dependiente, menos frenético, menos destructivo. Más humano.
A lo mejor la gran transformación del siglo XXI no nace en los centros financieros ni en los polos tecnológicos del capitalismo global. Quizás nazca silenciosamente en las periferias olvidadas del sistema. En lugares donde todavía hay familias capaces de cultivar alimentos, cuidar el suelo y entender que la tierra no es una mercancía, sino el tejido vivo que sostiene nuestra existencia.
Foto: Sergio Moya.