Más voces de alerta por la modificación de la Ley de Bosques en Misiones

La reciente reforma de la Ley XVI – Nº 105 de Ordenamiento Territorial de los Bosques Nativos (OTBN) en Misiones sigue sumando voces de alerta. El pasado 22 de octubre, la Cámara de Diputados aprobó flexibilizar el uso del suelo en la zona amarilla -una de las tres categorías establecidas por la Ley Nacional 26.331, junto con la verde y la roja, para la protección, enriquecimiento, restauración y manejo sostenible de los bosques nativos y sus servicios ambientales-. La medida habilita actividades productivas como sistemas silvopastoriles, cultivo de yerba mate bajo sombra y enriquecimiento forestal con especies nativas maderables, aunque sin permitir el desmonte total.

Inmediatamente, la Fundación Vida Silvestre Argentina y la Asociación Civil Orembaé expresaron su preocupación ante este cambio. Señalaron que cualquier medida a implementar debe apuntar a reforzar la conservación (y no lo contrario) y que toda modificación normativa requiere de una previa participación ciudadana, algo que no ocurrió.

Otra de las voces con autoridad en la materia es la del ambientalista y fotógrafo de naturaleza Sergio Moya, quien a través de las redes sociales calificó la medida como “una marcha atrás muy grande en políticas de conservación” para Misiones.

“Hace varios días quería expresarme respecto a la reforma o nueva ley de usos en bosques nativos de Misiones. Sinceramente estoy preocupado y por muchos motivos, sobre todo por la posibilidad de habilitar ganadería en zona Amarilla. Aclaro que no voy contra la producción, sino que simplemente alerto sobre las consecuencias para que se profundicen los controles”, comienza diciendo Moya en su publicación.

La Ley de Bosques es hoy la normativa de máxima relevancia socioeconómica para la conservación de la biodiversidad y los bienes naturales de la Selva Paranaense.

Moya explicó que las zonas amarillas poseen una gran importancia para la conservación de los bienes naturales y que, si bien la ganadería permitida es bajo monte, implica un riesgo notable para el ecosistema.

“Hablamos de lugares que son zona amarilla, como la Reserva de Biósfera Yabotí -donde hasta ahora solo se permite el aprovechamiento de madera bajo planes específicos y controlados, además de actividades turísticas de bajo impacto- y de otras miles de hectáreas privadas en el Corredor Verde”, se explayó. “Se habilitó ahora la posibilidad de hacer ganadería en zonas con un valor de conservación importantísimo. Cuando hablo de conservación, no me refiero solo a la defensa de la fauna y la flora, sino también a nuestra propia calidad de vida, a nuestros cursos de agua y a nuestro escudo frente al cambio climático”, recordó.

Impacto de la ganadería

Específicamente sobre el impacto de la ganadería bajo monte, observó: “Si bien [lo aprobado en Diputados] dice que las actividades habilitadas no involucran desmonte, el desmonte está escondido en el tiempo. Hay que evaluar muy bien las densidades de animales que pueden ingresar a la selva. Cuando las vacas entran, van consumiendo todo y llega un punto en que nos quedamos sin renovales: quedan solo los grandes árboles y se frena la posibilidad de regeneración”.

Dicho de otro modo, el ramoneo y el consumo de especies vegetales alteran la recuperación del bosque, afectando a la fauna nativa y a los microhábitats. Cuando la carga animal es excesiva, se degrada el estrato herbáceo y arbustivo, disminuyendo la capacidad del ecosistema para recuperarse.

A esto se suma otro impacto: el pisoteo constante del ganado compacta la tierra, reduce la infiltración de agua y acelera la erosión.

“Entonces -advirtió Moya-, decir que la actividad ganadera no involucra desmonte es desconocer los efectos que genera en el interior de la selva y la enorme biodiversidad que se pone en peligro y desaparece cuando se interviene todo el sotobosque”.

Por estas razones, el ambientalista insistió en que la modificación a la ley es “un revés y una marcha atrás muy grande en materia de conservación”.

Las zonas amarillas, concluyó, “son de alerta; hay que cuidarlas y no podemos permitir que se avance sobre ellas. No podemos seguir castigando a la poca selva que nos queda. Los misioneros somos custodios y guardianes de un recurso primordial para la humanidad, y si bien ahora podrán pisotearlo y tratarnos de locos a los que la defendemos, debemos entender que una vez compactado el suelo y perdida su fertilidad, no hay marcha atrás ante la avalancha de pérdida de biodiversidad”.