A finales de los años setenta, el gobierno de China puso en marcha un proyecto que no tenía precedentes, la Gran Muralla Verde. Para frenar la desertificación que amenazaba tanto la agricultura como las ciudades, inició la plantación de árboles a una escala nunca vista.
Durante más de cuatro décadas, China plantó 78.000 millones de árboles (desde 1978), elevó la cobertura forestal del 10% al 25% del territorio y redujo tormentas de polvo en regiones áridas del norte, mientras los esfuerzos capturaban carbono y estabilizaban suelos vulnerables. Además, el país aportó el 25% del aumento mundial de vegetación entre 2000 y 2017.
La cobertura vegetal se extendió, la erosión del suelo se redujo, las tormentas de polvo disminuyeron y el proyecto se convirtió en un referente internacional de restauración ambiental.
Sin embargo, una investigación reciente ha empezado a revelar que este experimento ambiental gigante también ha producido efectos inesperados.
Alteración en el agua
Un estudio publicado en la revista Earth’s Future analizó cómo evolucionó el ciclo del agua en China entre 2001 y 2020, cruzando datos de cobertura vegetal, precipitaciones y evapotranspiración. El resultado apunta a una conclusión clara: la expansión de los bosques ha alterado de forma significativa la circulación del agua dentro del país; la reforestación intensificó la evapotranspiración en todo el país, ya que los árboles absorbían agua del suelo y la liberaban como vapor a la atmósfera, de modo que los vientos transportaban humedad lejos de las zonas plantadas.
En consecuencia, la disponibilidad de agua dulce disminuyó en el 74% del territorio chino. Las regiones monzónicas del este y áridas del noroeste perdieron recursos hídricos clave para la población y la agricultura. Mientras, la meseta tibetana ganaba precipitaciones extras gracias al flujo atmosférico de vapor. El norte, con solo el 20% del agua nacional, alberga el 46% de habitantes y el 60% de tierras cultivables.
Los resultados transformaron paisajes áridos en ecosistemas funcionales. La cobertura forestal creció hasta igualar el tamaño de Argelia, unos 116.000 km² de nueva vegetación. Las tormentas de arena bajaron un 20% en promedio anual y la biodiversidad local aumentó con retornos de aves y mamíferos. Pero los árboles demandaron agua en suelos con reservas limitadas. Raíces profundas extrajeron humedad subterránea que no siempre se recargó con lluvias locales, debido a que la evapotranspiración elevada descendió la humedad del suelo en el 60% de las áreas reforestadas del norte.
Pese a los desafíos hídricos, los beneficios ecológicos persisten. Los bosques frenaron la erosión, mejoraron la calidad del aire y convirtieron desiertos en sumideros de carbono. Pero, advierten, plantar árboles requiere análisis hidrológicos previos para evitar déficits locales, de forma que futuros proyectos prioricen especies adaptadas y mosaicos vegetales que respeten equilibrios regionales de agua.
Fuente: Gizmodo / Revista Earth’s Future.