“Construir represas es como cambiar las cortinas mientras se incendia la casa”

Por Juan Carlos Furlán,  investigador y divulgador de tecnología agrícola sustentable, miembro del plantel docente del Diplomado internacional en Biopoder Campesino, y asesor de productores en varios países y del Ministerio de Agricultura Familiar de Misiones.

El regreso del lobby represista a Misiones no es una casualidad técnica ni una actualización ingenieril presentada como neutral; es la expresión de un pensamiento que se niega a morir, el mismo que sostiene que los problemas de la civilización industrial se resuelven con más industrialismo, que la crisis energética se enfrenta con más megavatios, que el colapso anunciado de los combustibles fósiles puede parchearse con hormigón y turbinas. Pero ese razonamiento comete un error de época: confunde energía eléctrica con energía a secas, ignora que cada represa es una criatura petrodependiente desde su construcción hasta su mantenimiento, y desconoce que el verdadero cuello de botella no es la electricidad sino la imposibilidad de mantener sistemas complejos cuando el petróleo barato desaparece. En un mundo de límites geológicos no negociables, donde el decrecimiento no es una opción ideológica sino una certeza material, construir otra gigantesca obra de ingeniería en el Paraná equivale a destinar recursos escasísimos a un artefacto que, en el momento de mayor necesidad, se convertirá en un pasivo imposible de sostener. La pregunta no es cuánta energía podemos generar, sino cuánta necesitamos realmente, y esa pregunta solo puede responderse desde la lógica del kilómetro cero, la descomplejización y la reruralización, no desde los informes de la COMIP ni las promesas de inversores privados que buscan rentabilidad en dólares mientras el mundo se desmorona.

Misiones tiene una oportunidad histórica que pocos territorios pueden exhibir: una legislación de vanguardia que promueve la agroecología como modelo productivo, un marco normativo que entiende que la agricultura no es un sector más sino el eje de una reorganización civilizatoria posible. La agroecología, bien entendida, no es un conjunto de técnicas para reemplazar insumos químicos por orgánicos dentro de la misma lógica extractiva; es un sendero que cuestiona la escala, la distancia, la dependencia externa y el propio concepto de eficiencia productiva. Significa producción local para consumo local, circuitos cortos que eliminan la necesidad de transporte fósil, diversificación de cultivos que construye resiliencia frente a cualquier crisis externa, y reconstrucción del tejido social en torno a la tierra como bien común y no como mercancía. Pero ese sendero es radicalmente incompatible con un megaproyecto que inunda miles de hectáreas de selva, que destruye humedales y suelos fértiles, que desplaza comunidades campesinas e indígenas, que concentra la toma de decisiones en una cúpula técnica-empresarial alejada de los territorios. No se puede declarar la soberanía alimentaria como objetivo y al mismo tiempo entregar el río Paraná a una concesión privada; no se puede defender la pequeña producción agroecológica y avalar la desaparición de miles de hectáreas bajo el agua; no se puede predicar el respeto por los ciclos naturales cuando se interrumpe el ciclo de un río entero.

Lo que hace verdaderamente ridículo el proyecto Corpus no es solo su incompatibilidad con la agroecología, sino su absoluta inutilidad frente al contexto geopolítico y energético que estamos viviendo. En este mismo momento, Irán ha cerrado el Estrecho de Ormuz y Estados Unidos ha impuesto un bloqueo paralelo, dos movimientos que han disparado el barril de petróleo a los cien dólares y que constituyen, para quien sepa leer las señales, un ultimátum literal al capitalismo global y a todas las sociedades complejas que dependen del flujo ininterrumpido de combustibles fósiles. Pero hay que darle la vuelta al argumento habitual: no hay escasez porque haya guerra, hay guerra porque hay escasez. El cierre de Ormuz, el bloqueo, la escalada bélica en el Medio Oriente, todo eso es la expresión geopolítica de un hecho geológico ineludible: el petróleo barato y fácil de extraer se terminó, y las potencias mondiales están dispuestas a matar y a morir por los últimos barriles que quedan. La guerra no es la causa de la crisis energética, es su síntoma más sangriento. Y en ese marco, hablar de construir una represa hidroeléctrica como respuesta al “déficit energético” es como recomendar cambiar las cortinas mientras la casa se incendia: un gesto de desconexión absoluta con la magnitud de lo que está ocurriendo. La crisis que vivimos no es una tormenta pasajera que podremos sortear con una obra de infraestructura, es el inicio del fin de la civilización industrial tal como la conocimos, y las represas gigantes pertenecen a ese mundo que se desvanece, no al que se avecina.

Por si esto fuera poco, los defensores de Corpus parecen no haber notado un dato escalofriante que ocurre delante de sus narices: el consumo de energía eléctrica en la Argentina está cayendo sistemáticamente, no por un milagro de eficiencia ni por una conciencia ecológica repentina, sino porque se están cerrando fábricas a centenares, porque la industria se paraliza, porque la economía real se contrae y con ella se contrae la demanda de electricidad. Ese cierre masivo de fábricas no es una casualidad ni una mala gestión que pueda corregirse con un cambio de gabinete: está atado al mismo decrecimiento que impone el pico del petróleo, a la imposibilidad de sostener cadenas logísticas que dependen de un combustible que ya no es abundante ni barato, a la inviabilidad de mantener complejos industriales que fueron diseñados para un mundo de energía fósil regalada. El declive industrial no es un problema a resolver con más electricidad, es la manifestación más evidente de que el modelo de crecimiento perpetuo ha chocado contra sus límites físicos. y en ese contexto, ¿para qué demonios queremos más energía eléctrica? ¿Para alimentar fábricas que ya cerraron? ¿Para iluminar barrios industriales vacíos? ¿Para mantener en funcionamiento una maquinaria productiva que el propio sistema ya está apagando porque no puede pagar el costo energético de su operación? La propuesta de Corpus parte de un diagnóstico falso: supone que necesitamos más electricidad cuando la realidad muestra que la demanda se derrumba, y supone que esa electricidad adicional reactivará la economía cuando la evidencia histórica demuestra exactamente lo contrario, que la economía no se reactiva con megavatios sino con energía neta disponible, y esa energía neta es cada vez menor sin importar cuántas represas construyamos.

Preguntémonos entonces con toda crudeza: ¿qué objeto tiene Corpus en este contexto? ¿Qué problema concreto viene a resolver que no sea el de engrosar los bolsillos de unos pocos inversores y alimentar la fantasía del desarrollo perpetuo? Porque no resuelve el déficit energético de Misiones porque ese déficit, en la medida en que existe, no se debe a falta de generación sino a un sistema de distribución ineficiente y a una lógica tarifaria que castiga a los usuarios. No resuelve el declive industrial del país porque el cierre de fábricas no se debe a falta de electricidad sino a falta de petróleo para mover la logística, falta de mercados solventes, falta de materias primas baratas, y sobre todo falta de un modelo económico que ya no es viable. No resuelve el aislamiento geopolítico de Argentina porque seguirá siendo un país periférico sometido a las decisiones de las potencias que controlan los flujos energéticos globales. No resuelve siquiera el problema del cambio climático porque la energía hidroeléctrica, aunque de menor huella de carbono que los combustibles fósiles, no es neutral en términos ecológicos y su construcción en selva paranaense implica una liberación masiva de carbono por la destrucción de biomasa y la inundación de suelos orgánicos. Corpus no resuelve nada para nadie que no sea el pequeño círculo de contratistas, financistas y políticos que sueñan con la comisión de la megaobra, y en el contexto actual esa inutilidad se vuelve grotesca: estamos hablando de sacrificar catorce mil hectáreas de selva, de desplazar comunidades, de endeudar a la provincia, de todo eso para generar una electricidad que cada vez se necesita menos en un país que se desindustrializa a toda velocidad.

El plebiscito de 1996 fue una manifestación de inteligencia colectiva que supo ver, antes que muchas élites técnicas, que las represas no traen desarrollo sino dependencia. Aquella mayoría silenciosa que dijo no tenía razón entonces y la tiene ahora con más fuerza, porque el contexto ha empeorado exactamente en la dirección que ellos temían, y porque ahora podemos ver con claridad que la demanda energética no crece sino que se derrumba como un castillo de naipes. En ese mundo, una represa no es una solución: es un anacronismo costosísimo, un monumento a la arrogancia de una civilización que se niega a aceptar su propio final. La agroecología, el kilómetro cero, el decrecimiento planificado, la soberanía energética distribuida: eso es lo único que tiene sentido en el horizonte que se abre. Eso, y aprender a leer los datos: el consumo eléctrico baja porque la economía se contrae, la economía se contrae porque el petróleo escasea, el petróleo escasea porque es un recurso finito y alcanzamos el pico de extracción. No hay vuelta atrás. Construir Corpus en ese contexto es como instalar una usina en el Titanic después de que ya chocó contra el iceberg: un gesto heroico para los imbéciles, una tragedia para todos los demás.

Por eso decimos no a Corpus, no a cualquier represa, no al lobby que vuelve con un proyecto más chico y una promesa más grande. Decimos no porque no queremos que Misiones se convierta en el cementerio de una idea fracasada, en el laboratorio de un experimento que ya demostró su toxicidad. Decimos sí a la agroecología como horizonte, sí al decrecimiento como camino, sí a la soberanía como práctica cotidiana. En Misiones queremos más agroecología, no más represas. Y esa decisión, como la de 1996, no es negociable porque no es una opinión técnica ni una preferencia ideológica: es un diagnóstico de realidad. El mundo se acaba para el modelo industrial, y nosotros estamos eligiendo estar del lado de la vida, de la tierra, de los ríos libres, de una demanda energética que se encoge no por austeridad elegida sino por colapso inducido, y que por lo tanto no necesita ser suplida sino comprendida y acompañada con soluciones a escala humana. Corpus no es nada frente a eso. Es, simplemente, ridículo.